¿Cuánto vale una hora de su vida? Multiplíquela por diez años de trancones y tendrá el precio real que Usaquén pagó por una obra que debía estar lista en 2020. Este es el relato de los 2,3 kilómetros que —al fin— devolvieron el norte a sus habitantes.?
Hay días en que una ciudad parece recordar que está hecha de personas. En Usaquén, ese día tiene fecha y sentido, sentido sur-norte. Cuando el Distrito habilitó el costado oriental de la avenida Laureano Gómez —la carrera Novena de toda la vida— entre las calles 170 y 193, no entregó solamente una vía. Entregó minutos. Y los minutos, cuando se viven al norte de Bogotá, son la moneda más cara que existe.
No es un corredor cualquiera. Son 2,3 kilómetros que cosen los barrios San Antonio, Tibabita, Villa de Aranjuez, Lijacá, Verbenal y Buenavista con el resto de la ciudad. Y no es solo pavimento, son seis carriles repartidos en dos calzadas, más de 23.000 metros cuadrados de espacio público, 2,3 kilómetros de ciclorruta, más de 8.500 metros cuadrados de zonas verdes, 387 árboles, 254 luminarias nuevas y hasta 1.400 metros cuadrados de murales del colectivo Moster Paint, donde la tingua bogotana y el colibrí le recuerdan a la Sabana que sigue viva bajo el cemento. Pero lo que de verdad late en esta noticia no se mide en metros, se mide en tiempo. Entre 35 y 45 minutos menos por viaje. Minutos para desayunar con los hijos, para llegar sin la camisa empapada de afán, para no gastar la primera hora de trabajo recuperando el aliento.
La cara amable de una obra que cambió el paisaje

Pregúntele a cualquiera que madrugue en el norte y le contará la misma escena repetida durante años, el despertador sonando más temprano de lo humano, el termo de tinto para el trancón, el cálculo mental de si hoy sí se alcanza la reunión de las ocho. Esa coreografía del afán, tan bogotana, es justo la que empieza a cambiar. Y cambia no por decreto, sino por geometría, cuando aparecen carriles nuevos donde antes había un embudo, el mapa mental de miles de personas se reordena.
Para más de un millón de habitantes de Usaquén, la Novena rehabilitada es una llave. Abre la conexión con la Autopista Norte, con la estación de TransMilenio de la calle 161 y con el Centro Comercial Santafé, y descongestiona de paso a tres gigantes que cargaban con el trancón ajeno: la carrera Séptima, la Autopista Norte y la avenida Boyacá. En un corredor de clase media, lleno de colegios, bibliotecas y comercio de barrio, esa conexión no es un lujo, es oxígeno para la economía local y para la vida cotidiana. El comerciante que recibe mercancía a tiempo, la estudiante que alcanza la primera clase, el domiciliario que hace una vuelta más, todos ganan cuando la ciudad deja de estar quieta.
Es, sin duda, una buena noticia. Y este medio la celebra sin cinismo, porque celebrar lo que funciona también es una forma de exigir. Pero el periodismo comunitario no cumpliría su oficio si se quedara en la foto de la cinta cortada. Toda tesis tiene su antítesis, y la de esta obra se llama tiempo perdido.
La otra cara: una década que no aparece en la placa conmemorativa
Aquí conviene poner los relojes en hora. La avenida Laureano Gómez fue contratada en 2017 y debía estar lista en 2020. No lo estuvo. Cuando la actual administración recibió el proyecto, en enero de 2024, la obra apenas llegaba al 75 % de avance, varada —en palabras del propio Distrito— por interferencias en redes de servicios públicos, problemas prediales, invasiones del espacio y hundimientos del terreno entre las calles 189 y 191. La red matriz de la línea Tibitoc y los colectores de agua se convirtieron en el nudo que nadie lograba desatar. Mientras las tuberías se movían de sitio, los vecinos seguían clavados en el mismo trancón.
De ahí en adelante la historia se aceleró, el costado oriental, sentido sur-norte, se habilitó en abril de 2026 con un avance superior al 99 %, y la entrega total llegó en junio de 2026. Seis años tarde. Y ese retraso no es un dato frío de cronograma, es una factura que pagó la gente.
Hagamos la cuenta que la placa no hace
Pensemos dialécticamente, que es como se piensa bien. Si un vecino de Verbenal perdía cerca de 40 minutos diarios atrapado en ese cuello de botella, y multiplicamos por los días hábiles de un año, hablamos de más de 150 horas anuales varadas en el trancón, casi una semana entera de vida, cada año, evaporada entre pitos y humo. Multiplíquelo por los años de retraso y por el millón de personas que dependen del corredor, y la cifra deja de ser una anécdota para convertirse en un problema de salud pública, de productividad y de justicia territorial. El costo de una obra demorada no aparece en el acta de liquidación, pero se cobra puntual en las madrugadas de la gente.
Y aquí está el corazón dialéctico del asunto. La causa oficial del retraso vive en los tubos, los cables y los predios: obstáculos técnicos reales, nadie lo niega. Pero la consecuencia vive en otro lado, en el cuerpo cansado de quien madrugó durante años sorteando obras inconclusas, en el negocio que no prosperó porque la clientela no llegaba, en el aire que respiraron miles de motores encendidos sin avanzar. Cuando lo técnico se resuelve con lentitud, lo humano paga con intereses. La síntesis —esa vía que hoy fluye— es motivo de alegría, sí, pero también un recordatorio incómodo: el tiempo de la comunidad no puede seguir siendo la variable de ajuste de los grandes proyectos.
Lo que sí funcionó, para no ser injustos
Sería fácil, y perezoso, reducir todo a un reclamo. La otra parte de la síntesis merece nombrarse, la obra se destrabó gracias a una gerencia con presencia en el territorio, con visitas de campo, seguimiento milimétrico y coordinación —al fin— entre el IDU y las empresas de servicios públicos. Cuando las entidades se hablan, las tuberías se mueven. Esa es la lección administrativa que Usaquén debería guardar y exigir para las próximas obras, la voluntad política y la coordinación no son adornos, son la diferencia entre una década y un año.
Conviene, además, no cantar victoria completa. La habilitación del sentido sur-norte por el costado oriental fue el gran salto, pero el costado occidental —con sus hundimientos entre las calles 189 y 191— cerró la última etapa apenas en junio de 2026. Esa cronología en dos tiempos, con aperturas parciales y anuncios escalonados, deja una enseñanza para la veeduría ciudadana: una obra “entregada” en un boletín no siempre equivale a una obra terminada en el andén. La comunidad hace bien en pedir hechos completos, no porcentajes de avance.
Con una inversión que supera los 159.000 millones de pesos (interventoría incluida), la Novena renovada no es barata ni pequeña. Precisamente por eso, la comunidad tiene todo el derecho —y el deber— de vigilar que rinda lo prometido, que la ciclorruta se use y no se invada, que los murales no se borren, que las zonas verdes tengan quien las cuide, que los hundimientos no vuelvan disfrazados de bache.
La pregunta que no se cierra
No podemos cerrar esta crónica sin la incomodidad de siempre, ¿por qué una obra tan necesaria tuvo que esperar casi una década? La respuesta oficial está en los tubos. La respuesta humana está en el cansancio acumulado de un millón de personas. La entrega de este tramo es un alivio real, pero también una advertencia grabada en asfalto: cada mes de retraso tiene un rostro, un horario y un costo que la ciudadanía no debería seguir asumiendo en silencio.
Hoy, la Novena fluye en sentido sur-norte. Que fluya también la memoria, para que las próximas obras de Usaquén no tarden diez años en devolvernos lo que siempre fue nuestro. El tiempo.
Podemos concluir entonces, con un llamado a la acción que la carrera Novena vuelve a moverse, y con ella vuelve la oportunidad de que Usaquén no sea espectador de su propia ciudad, sino protagonista. Celebrar esta entrega es apenas el primer paso; el segundo es no soltar la vigilancia. Por eso, vecino y vecina de Tibabita, Lijacá, Verbenal, San Antonio, Villa de Aranjuez y Buenavista, use la vía, pero también fíjese en ella. Cuéntenos cómo cambió su día a día, denuncie los hundimientos que reaparezcan, exija que la ciclorruta y las zonas verdes se respeten, y súmese a las veedurías ciudadanas que vigilan las próximas obras del norte.
Escríbanos a El Aguijón del Escorpión, comparta esta nota con su cuadra y etiquétenos con sus fotos del corredor: su testimonio es la mejor herramienta para que ninguna obra vuelva a robarle una década a la comunidad. Porque la vía ya la reconquistamos; ahora nos toca cuidarla entre todos.
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