En Colombia, el 52 % de los emprendimientos son liderados por mujeres, pero apenas 1 de cada 4 logra sobrevivir más de tres años. En la localidad Rafael Uribe Uribe, donde la economía popular late con fuerza en cada cuadra, un programa está apostando por cambiar esa estadística desde adentro: no primero con capital, sino con algo más poderoso. Con identidad.
En Rafael Uribe Uribe, la economía no espera. Se cocina de madrugada, se carga en una canasta, se ofrece en la puerta del colegio o desde el celular con señal intermitente. La sostienen, en su mayoría, manos de mujer. Mujeres que madrugan más que nadie, que llegan a casa tarde con las cuentas en la cabeza, que son jefas de hogar, cocineras, contadoras, publicistas y psicólogas de su propio negocio. Todo a la vez. Todo sin que nadie se los haya enseñado formalmente.
Pero hay algo que muchas de ellas no habían tenido todavía: un espacio donde ser reconocidas, no por lo que producen, sino por lo que son. Eso es, justamente, lo que propone el programa «Fortaleciendo Mujeres Emprendedoras», impulsado en la localidad con la facilitación de Daniela, trabajadora social y tallerista que acompaña a un grupo de mujeres en un proceso que va mucho más allá de las cifras de ventas.
El primer paso no es el logo: es reconocerse
Cuando Daniela llegó al primer taller, no trajo formularios ni plantillas de negocio. Trajo una pregunta: ¿Quién eres tú, más allá de lo que vendes? El primer módulo del programa se centra en el empoderamiento desde la identidad. Porque la experiencia sobre el terreno muestra una verdad incómoda: muchas mujeres emprendedoras conocen cada detalle de su producto, pero dudan en el momento de ponerle precio, en el momento de decir «esto vale, y yo valgo».
El enfoque no es psicológico por accidente. Es político. Reconocer a una mujer como aportante económica de su hogar, como sostenedora de su familia, como agente activa de la economía local, es un acto de justicia antes de ser una estrategia de negocio. En una localidad donde la informalidad laboral supera el 60% y donde el trabajo no remunerado del hogar recae desproporcionadamente sobre las mujeres, nombrarse emprendedora es, literalmente, un acto de resistencia.
La escucha activa no es solo una habilidad comercial. Es la capacidad de entender al otro —y, antes que eso, de entenderse a una misma.»—
Daniela, trabajadora social y tallerista del programa
Escucha activa: la herramienta más subestimada del mercadeo popular
El programa introduce la escucha activa no como un concepto del mundo corporativo, sino como una práctica cotidiana. Saber qué necesita el cliente antes de que él mismo lo sepa. Leer el contexto. Adaptar el producto. Esta habilidad, que en las universidades se enseña en semestres de mercadeo y comunicación, aquí se aprende desde la experiencia concreta: desde la mesa del mercado, desde la fila de la plaza, desde el grupo de WhatsApp del barrio.
Y no solo hacia afuera. La escucha activa hacia adentro —reconocer las propias fortalezas, habilidades y capacidades— es quizás el ejercicio más transformador del proceso. Porque una mujer que sabe lo que vale no subvalúa su trabajo. No regala horas. No se disculpa por cobrar.
La segunda etapa: de la persona a la marca
Una vez asentada la base del empoderamiento personal, el programa da un giro hacia lo concreto: la construcción de identidad de marca. Nombre, logotipo, paleta de colores, tono de comunicación. Herramientas que durante décadas se consideraron territorio exclusivo de las grandes empresas y que hoy, gracias a aplicaciones como Canva, Meta Business, Google My Business o WhatsApp Business, están al alcance de cualquier teléfono con datos móviles.
Estas herramientas no como tecnología intimidante, sino como extensiones naturales de lo que estas mujeres ya hacen bien: comunicarse, convencer, cuidar. El taller de marca personal no es un lujo creativo; es una necesidad económica en un mercado donde la visibilidad digital es cada vez más la diferencia entre sobrevivir y crecer.
Casos que ya hablan por sí solos en Rafael Uribe Uribe
Manos de Barrio — Colectivo de artesanas de Quiroga y Marco Fidel Suárez
Un grupo de mujeres de los barrios Quiroga y Marco Fidel Suárez que comenzó vendiendo bolsos de tela en bazares escolares consolidó, en dos años, una marca reconocida en mercados alternativos de Bogotá. Su clave: definir una identidad colectiva clara, fotografías de producto dignas y un manejo básico de Instagram que hoy les genera pedidos desde otras localidades.
Sazón con Propósito — Emprendimiento gastronómico, barrio Molinos
Marleny, madre de tres hijos, comenzó preparando almuerzos caseros para vecinos. Hoy tiene un negocio con nombre, con carta digital y con un grupo de clientes fidelizados. El salto lo dio cuando aprendió a contar su historia: quién era, por qué cocinaba, qué tenía de especial su sazón. No cambió los ingredientes. Cambió la narrativa. Y el precio subió con razón.


Fortalezas y tensiones del programa
| ✔ VENTAJAS | ✖ TENSIONES Y LÍMITES |
| Aborda la dimensión emocional e identitaria, no solo la técnica. | El empoderamiento individual no reemplaza políticas estructurales de financiación. |
| Usa herramientas accesibles y gratuitas adaptadas a la realidad local. | Sin acceso a crédito blando, muchas marcas se quedan en el teléfono. |
| Reconoce el trabajo de las mujeres como aporte económico real. | El tiempo de los talleres compite con las cargas domésticas no redistribuidas. |
| Crea redes de pares: las mujeres se apoyan entre sí más allá del taller. | La informalidad sigue siendo una trampa: sin formalización, hay techo de cristal. |
| La escucha activa como metodología genera apropiación real del conocimiento. | Riesgo de que el enfoque en «resiliencia» invisibilice la responsabilidad del Estado. |
El programa «Fortaleciendo Mujeres Emprendedoras» es una intervención valiosa y necesaria. Pero su horizonte más ambicioso exige que la responsabilidad no recaiga solo sobre los hombros de quienes ya cargan demasiado. El empoderamiento genuino no es solo enseñar a las mujeres a adaptarse a un sistema hostil; es también transformar ese sistema.
El cambio empieza aquí, pero no puede quedarse aquí
Las mujeres emprendedoras de Rafael Uribe Uribe no necesitan que nadie las descubra. Necesitan que las condiciones existan para que lo que ya hacen con brillantez pueda crecer sin trabas. Programas como este son semillas. La tierra —políticas de género, acceso a crédito, redistribución de cargas del hogar, reconocimiento institucional— la tienen que poner otros actores también.
Mientras tanto, en cada barrio de esta localidad, una mujer está decidiendo que su negocio merece un nombre. Que su trabajo merece un precio justo. Que ella merece ser vista. Y esa decisión, pequeña en apariencia, es el acto político más poderoso que existe.
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