¿Quién dijo que la inteligencia artificial era cosa de jóvenes? Blanca Cecilia Martínez, vendedora del barrio El Portal, llegó a un salón comunal con una sola pregunta, cómo hacer que la Inteligencia Artificial le ayude a vender sus productos. Salió con una respuesta y con algo más difícil de medir, la certeza de que la tecnología también puede caber en el bolsillo de una mujer cabeza de hogar.
En un salón de la Junta de Acción Comunal del barrio El Portal, en la localidad de Rafael Uribe Uribe, ocurre algo que hace apenas un par de años habría sonado a ficción de barrio. Un grupo de mujeres, la mayoría mayores de 50 años, le hace preguntas a ChatGPT como quien le pide un favor a una vecina de confianza. No solo redactan mensajes para sus clientes, también diseñan logos, inventan imágenes para sus redes sociales. Su laboratorio no tiene batas ni computadores de última generación. Tienen algo más terco y más digno, un celular con conexión a internet y las ganas intactas de que su negocio crezca.



La iniciativa, llamada «Fortalecimiento a vendedoras informales y sus familias», nació de los presupuestos participativos de la Alcaldía Local de Rafael Uribe Uribe y se cocina desde la JAC El Portal. Su promotora, Aishly Olivos, lo resume sin rodeos: se trata de acompañar a las mujeres a montar su emprendimiento «con buenas bases desde el inicio». La capacitación no se queda en la buena intención. Enseña a diseñar un logo, a entender las finanzas del negocio, a usar el marketing y la publicidad. Todo lo que una emprendedora necesitaría para no salir a la calle a improvisar.
El corazón tecnológico lo pone Jorge Andrés Vélez Rubián, tallerista del proyecto. «Estamos trabajando con mujeres que tienen emprendimientos, en una enseñanza de inteligencia artificial», cuenta. Y desmonta de entrada el prejuicio más común: que a cierta edad la tecnología se vuelve un idioma imposible. «Son mujeres mayores de 50 años, en lo que se podría pensar que es difícil la utilización de herramientas tecnológicas, pero es todo lo contrario». La enseñanza es práctica, se empieza por lo básico —cómo hacerle una pregunta a la máquina— y hoy ya están creando imágenes, textos para WhatsApp y piezas para sus redes. La aceptación, dice, ha sido muy positiva.
¿Para qué sirve todo esto en el día a día de una vendedora? Para ganar tiempo, que es el bien más escaso de una mujer que cocina, cuida, vende y administra su casa al mismo tiempo. La inteligencia artificial ayuda a redactar mensajes bien escritos, con buena ortografía y dirigidos al cliente ideal; a diseñar imágenes atractivas para el chat y las redes; a que un emprendimiento pequeño se vea, por fin, tan profesional como los grandes.
Jazmín Cubides, líder comunal y vicepresidenta de la JAC de El Portal, lo tiene claro: aprender a usar la IA y WhatsApp Business desde el celular es una manera concreta de fortalecer los negocios de la comunidad. Y detrás de cada herramienta hay una historia con nombre propio: muñecos navideños, vírgenes hechas en fieltro y tela, comidas rápidas, lencería, bolsos. Economía real, hecha a mano, que ahora aprende a hablar el idioma de las pantallas.





El otro lado de la moneda
Hasta aquí, la postal es luminosa, y con razón. Pero el buen periodismo —y las buenas emprendedoras— saben que a toda oportunidad conviene mirarle también las costuras. Porque en este tipo de proyectos conviven, al mismo tiempo, una promesa y una contradicción.
La promesa es evidente, se democratiza el acceso a herramientas que hasta hace poco eran privilegio de empresas con departamento de marketing. Una señora que confecciona muñecos navideños en su casa hoy compite, en la misma vitrina digital, con marcas que pagan agencias. Eso empodera, iguala y devuelve dignidad. Además, el proyecto rompe una barrera cultural poderosa, la idea de que la tecnología excluye a las mujeres mayores. Cada imagen creada con IA por una mujer de 60 años es un pequeño acto de rebeldía contra ese prejuicio.
La contradicción, sin embargo, subyace y merece nombrarse con la misma honestidad.
Primero, la fragilidad de la herramienta. Si todo el andamiaje se sostiene sobre «un celular con conexión a internet», ¿qué pasa cuando no hay datos, cuando el equipo se daña? La brecha digital no se cierra con un taller; a veces se hace más visible.
Segundo, la dependencia. Aprender a usar ChatGPT es aprender a depender de una empresa privada extranjera que cobra para mejorar las respuestas, que cambiar sus reglas o cerrar el acceso. La autonomía que se celebra convive con una nueva forma de subordinación tecnológica que casi nadie discute en el aula.
Y hay una tercera contradicción, más de fondo. Estos proyectos —valiosos, necesarios— corren el riesgo de trasladar a la mujer una responsabilidad que es estructural. El discurso del emprendimiento a veces susurra una idea morosa, que, si te esfuerzas y aprendes las herramientas correctas, saldrás adelante; y que si no lo logras, la falla es tuya. Pero la informalidad no es un problema de actitud ni de falta de logos bonitos, es el resultado de una economía que no ofrece empleo digno. Una capacitación en IA puede potenciar un negocio, sí, pero no reemplaza el capital semilla, la seguridad social, ni la protección frente a la competencia desleal. Enseñar a vender mejor no es lo mismo que garantizar que haya a quién venderle.
A esto se suma la pregunta incómoda sobre la sostenibilidad. El proyecto nació de un presupuesto participativo, es decir, de la voluntad política de una administración local. ¿Qué ocurrirá cuando cambie el gobierno de turno, cuando se agote la partida, cuando el tallerista se vaya? El fortalecimiento real se mide en años, no en un ciclo de talleres. Sin continuidad, el entusiasmo de hoy puede volverse la frustración de mañana.
Ni ingenuidad ni derrotismo
Reconocer estas tensiones no es restarle mérito al proyecto: es tomárselo en serio. Las mujeres de El Portal no necesitan que las aplaudan sin más ni que las desanimen con cinismo. Necesitan herramientas y, al mismo tiempo, la lucidez para exigir lo que un taller no puede darles. La inteligencia artificial es una palanca formidable; pero una palanca necesita un punto de apoyo, y ese punto son las políticas públicas sostenidas, el crédito justo y las redes comunitarias que no dependan del funcionario de turno.
Jazmín Cubides invita a la comunidad a apropiarse de estos espacios, «que son para todos y para todas». Tiene razón, y la invitación es también una advertencia, apropiarse significa participar, exigir continuidad, cuidar que el proyecto no muera con el cambio de administración. La verdadera revolución no la hace ChatGPT, la hacen las mujeres organizadas que deciden que su tiempo, su trabajo y su conocimiento valen.
Conclusión y llamada a la acción
La historia de las emprendedoras de Rafael Uribe Uribe es la de un grupo de mujeres que le perdieron el miedo al futuro con un teléfono en la mano. Es inspiradora porque es verdadera, y es poderosa porque no es ingenua. Si usted es mujer cabeza de hogar, si tiene un negocio propio o una idea guardada esperando su momento, este es el llamado: acérquese a la Junta de Acción Comunal de El Portal, pregunte por las próximas capacitaciones, ocupe la silla que le pertenece. No espere a sentirse «lista»: las mujeres de este proyecto tampoco lo estaban, y hoy crean imágenes que hace un año creían imposibles.
Y si ya tomó el taller, dé el siguiente paso: enséñele a otra. Comparta lo aprendido con su vecina, con su comadre, con la que vende al lado suyo. Porque una mujer que aprende cambia su negocio; una comunidad de mujeres que aprende y se organiza, cambia el barrio. La herramienta ya está en su bolsillo. La decisión de usarla —y de exigir que estos programas no se apaguen— también.Escríbanos en los comentarios: ¿qué emprendimiento quiere fortalecer usted? Comparta este artículo con esa mujer que necesita leerlo hoy.
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