¿Qué pasa cuando el racismo, la discriminación y el consumo de sustancias se conversan desde la experiencia de los jóvenes y las comunidades étnicas? En Suba, un laboratorio de Barrios Vivos llevó esas preguntas al colegio y las puso en diálogo con la cultura.
Racismo, discriminación y consumo: un laboratorio pone la conversación en el aula de Suba
En Suba, hablar de racismo, discriminación y consumo de sustancias psicoactivas en un colegio también implica hablar de identidad, territorio y memoria. Esa es la apuesta de un laboratorio con enfoque diferencial étnico de la estrategia distrital Barrios Vivos, que reunió a estudiantes del colegio Prado Veraniego con organizaciones y representantes de comunidades afro e indígenas. Sus promotores plantean una pregunta necesaria: ¿cómo se construye convivencia cuando persisten prejuicios sobre el origen, el color de piel, la cultura o la manera de vivir de otras personas?
Los testimonios recogidos durante las actividades describen un proceso que combinó conversaciones, expresiones artísticas y ejercicios de reconocimiento. Nirvana, una de las voceras entrevistadas, explicó que la iniciativa buscó atender problemas identificados previamente con las comunidades. Alexander Mosquera consejero de juventud para la localidad 11 de Suba, nos contó que trabajaron con estudiantes de noveno sobre racismo, discriminación y consumo de sustancias psicoactivas. Anderson Moreno vicepresidente distrital de juventudes destacó el teatro, la música y la danza como caminos para compartir las vivencias culturales. Haider Mosquera exconsejero local de juventud habló de un mapeo étnico, una muestra comunitaria y una cartilla prevista como memoria del proceso.






Esos relatos ayudan a entender la propuesta y sus intenciones. Por sí solos, sin embargo, no prueban que el laboratorio haya reducido el racismo o el consumo de sustancias en el colegio. Para afirmarlo se necesitarían datos de evaluación, seguimiento y testimonios de los propios estudiantes. Esa diferencia importa: reconocer el valor de una iniciativa no obliga a atribuirle resultados que todavía no están documentados.
La Secretaría de Cultura define Barrios Vivos como una estrategia de innovación territorial que promueve laboratorios de cocreación con las comunidades para responder a problemáticas sociales y fortalecer la vida cultural de los barrios. La institución reportó la puesta en marcha de procesos en varias localidades, entre ellas Suba. En el caso de este laboratorio, las entrevistas sitúan el trabajo en el colegio Prado Veraniego y mencionan la participación de comunidades afro, del pueblo Muisca de Suba y del pueblo de los Pastos. El mapa distrital de pueblos indígenas también registra presencia Muisca y de los Pastos en la localidad. (Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte; Secretaría Distrital de Gobierno)
El racismo no se limita a una ofensa
Alexander Mosquera propone ampliar la mirada sobre el racismo y la discriminación. En la entrevista habla de prejuicios relacionados con el color de piel y la pertenencia étnica, pero también del origen, la cultura y la posición social. Menciona, además, la exclusión por características físicas y la orientación sexual. Estas experiencias pueden cruzarse, aunque no sean idénticas: el racismo tiene una dimensión histórica y colectiva vinculada a la racialización y al origen étnico; la discriminación comprende también otros tratos desiguales que limitan derechos por razones como el sexo, la orientación sexual, la religión o la condición social.
En Colombia, la Ley 1482 de 2011, modificada por la Ley 1752 de 2015, incorporó sanciones penales para actos de racismo o discriminación y para el hostigamiento por motivos étnicos, entre otros. La norma ofrece un marco para proteger derechos, pero la existencia de una ley no elimina automáticamente prácticas cotidianas: comentarios que degradan, burlas sobre el acento o el cabello, cuestionamientos sobre quién “pertenece” a un lugar, y prejuicios que afectan el trato en instituciones, espacios educativos y relaciones laborales. (Función Pública, Ley 1482 de 2011)
En Suba, estas preguntas adquieren un sentido concreto. La localidad reúne poblaciones diversas y cuenta con presencia de comunidades indígenas y afrodescendientes. El reto no consiste solamente en celebrar esa diversidad durante un evento; también supone revisar cómo se representa a esas comunidades en el aula, quién cuenta su historia y qué condiciones tienen para participar en las decisiones que afectan su vida cultural.
Una de las observaciones más sugerentes de Haider Mosquera apunta al autorreconocimiento: algunos jóvenes, dijo, pertenecen a comunidades indígenas o afro, pero no se reconocen como parte de ellas. La entrevista no aporta cifras para medir cuán frecuente es esa situación, por lo que conviene tratarla como una observación del participante y no como una tendencia estadística comprobada. Aun así, plantea una cuestión de fondo: ¿qué experiencias hacen que una persona se acerque a una identidad, la oculte o la sienta como propia?
De la conversación a la experiencia
La metodología descrita por los participantes buscó sacar esos temas de la abstracción. En el colegio se realizaron charlas y actividades con estudiantes de noveno; las comunidades también lideraron ejercicios de teatro, danza y música. Haider contó que se hizo un mapeo étnico y que el proceso proyectaba una muestra de cierre y una cartilla. Estos elementos ofrecen una ruta narrativa para el artículo: el debate no queda solo en definiciones, sino que se conecta con historias, prácticas y espacios compartidos.
Anderson Moreno subrayó que las expresiones culturales pueden ayudar a que los estudiantes conozcan las vivencias y los contextos de las comunidades. Esa intención puede contrarrestar una forma persistente de exclusión: convertir a los pueblos indígenas y afro en figuras del pasado, en una imagen folclórica o en una mención ocasional, sin reconocer que son comunidades contemporáneas, con organización, conocimientos y reivindicaciones propias.
El reconocimiento tampoco se resuelve con una presentación artística aislada. Para que el trabajo tenga continuidad, las voces comunitarias necesitan participar en la planeación, la enseñanza y la evaluación. A los estudiantes les corresponde un lugar más amplio que el de espectadores: pueden preguntar, disentir, crear y proponer. Y las familias, cuya participación fue señalada como importante por Nirvana y Haider, pueden ayudar a que la conversación no termine cuando se cierre la jornada escolar.




Consumo de sustancias: cuidado sin estigma
Los entrevistados identificaron el consumo de sustancias psicoactivas como uno de los asuntos que motivó el laboratorio. Alexander mencionó charlas dirigidas a jóvenes y el propósito de ofrecer información para la reflexión. En los videos no aparecen cifras de consumo, testimonios de estudiantes sobre sus experiencias ni detalles suficientes para saber qué sustancias abordaron, qué orientación preventiva se brindó o qué rutas de atención se acordaron. Por eso, el artículo debe presentar el tema como una preocupación planteada por los organizadores, no como una descripción comprobada de la situación de los adolescentes de Suba.
Hablar de consumo requiere cuidado. La palabra “drogadicción” suele reducir realidades distintas a una etiqueta sobre la persona. No todo consumo equivale a dependencia, y la dependencia no se supera mediante la vergüenza o el señalamiento. Un enfoque responsable prioriza la salud, la prevención, la escucha y el acceso a orientación profesional; evita asociar automáticamente a quienes consumen con violencia o delincuencia. También distingue la conversación cultural sobre una planta de la discusión sobre sustancias psicoactivas, sus efectos, sus riesgos y las políticas que regulan su producción y circulación.
Esa distinción es central cuando se habla de coca y cannabis. En el debate público, “la mata que mata” se convirtió en una consigna que asocia la planta de coca con la cocaína y el narcotráfico. Pero una planta, sus usos tradicionales y los productos procesados de la economía ilegal no son equivalentes. La hoja de coca tiene usos culturales y medicinales ancestrales en pueblos indígenas de Colombia. Un informe de UNODC y el Ministerio de Justicia recoge, por ejemplo, usos tradicionales entre comunidades Inga y Awá. Este reconocimiento no niega los daños de la economía de la cocaína: evita borrar la diferencia entre prácticas comunitarias y circuitos ilícitos. (UNODC y Ministerio de Justicia)
Plantas, memoria y contradicciones
La frase “la cultura occidental satanizó estas plantas sagradas” puede expresar una crítica a la criminalización y al desconocimiento de saberes indígenas. Pero convertirla en una afirmación general y absoluta sería impreciso. “Occidente” no es un actor único ni todas las comunidades tienen la misma cosmovisión. La hoja de coca tiene significados diversos según el pueblo y el territorio; el tabaco, por ejemplo, aparece documentado como planta espiritual entre comunidades Muisca de Bogotá. Las fuentes consultadas no permiten afirmar que el cannabis sea una planta sagrada para los pueblos Muisca o de los Pastos, ni que su uso ceremonial corresponda de manera general a las comunidades participantes en este laboratorio. Esa afirmación debe verificarse directamente con sus autoridades y sabedores antes de publicarla. (Jardín Botánico de Bogotá, Memorias, cultivos y sabores; Secretaría Distrital de Salud, Pueblos indígenas en Bogotá)
La contradicción histórica merece análisis: las políticas prohibicionistas pueden haber tratado plantas y saberes ancestrales bajo categorías construidas alrededor del narcotráfico, con efectos sobre comunidades que no participan de esa economía. Al mismo tiempo, cuestionar la estigmatización no debe llevar a minimizar los daños asociados al consumo problemático o a la producción y circulación ilegal de sustancias. La tarea periodística consiste en sostener ambas realidades, distinguir sus contextos y preguntar quién define los usos legítimos, quién soporta los costos de la prohibición y quién obtiene beneficios de los mercados.
Por eso, el laboratorio podría abrir una conversación más amplia que una charla preventiva: cómo se construyen las categorías de “droga” y “planta medicinal”; cómo se protegen las prácticas culturales sin romantizar ni generalizar; y cómo se ofrece a los jóvenes información clara sobre salud sin estigmatizarlos. Las entrevistas apuntan a esa posibilidad, aunque no detallan la metodología específica para abordar coca o cannabis. No conviene atribuirles una discusión que los videos no documentan.
Una invitación que exige continuidad
El valor potencial de esta iniciativa está en reunir voces que suelen escucharse por separado: estudiantes, organizaciones culturales, pueblos indígenas, comunidades afro e instituciones. Nirvana destacó la articulación institucional y comunitaria; Alexander defendió la continuidad de los procesos; Anderson puso el acento en compartir vivencias; Haider describió actividades que podrían dejar una memoria escrita. Juntas, esas ideas permiten pensar la cultura como un espacio para reconocer conflictos y ensayar formas de convivencia.
Pero un laboratorio no reemplaza las obligaciones permanentes de las instituciones educativas ni la atención en salud, y una cartilla no basta para resolver desigualdades históricas. La pregunta que queda para la comunidad es cómo sostener el diálogo después de la actividad: qué compromisos quedan en el colegio, cómo se acompañan las situaciones de discriminación, qué rutas conocen los jóvenes cuando necesitan orientación y cómo se incorporan las comunidades en las decisiones futuras.
La invitación es concreta: estudiantes, docentes, familias y organizaciones de Suba pueden pedir que se compartan los resultados del laboratorio, consultar la cartilla anunciada y abrir espacios regulares donde las comunidades participantes definan los temas y las formas de trabajo. También pueden reportar y discutir los actos de discriminación sin normalizarlos, y buscar orientación de salud cuando exista preocupación por el consumo. La diversidad no se reconoce solo en una celebración: se reconoce cuando cada persona puede aprender, participar y vivir sin que su origen o identidad se conviertan en motivo de exclusión.









