En el corazón de una de las localidades más complejas de Bogotá, una familia de cinco artistas teje sueños, resiste con autogestión y clama por un espacio digno para seguir sembrando cultura. Esta es la historia de Sandra, Carol, Diego, Samuel y Daniel: la Fundación DISAKASADA.
La lluvia comienza a salpicar en el parque vecinal de Santa Helena del barrio San Antonio, pero nadie parece quererse ir. Bajo un techo prestado, mientras las gotas repiquetean contra el asfalto, cinco personas sonríen con la certeza de quien ha encontrado su misión en la vida. Son una familia. Son artistas. Son la prueba viviente de que el arte puede ser un salvavidas en medio del olvido.
Sandra Villamil observa a sus hijos con orgullo. A su lado, Carol, Samuel y Daniel, junto a Diego —el padre, el maestro empírico, el de «la vena artística innata»— completan el engranaje perfecto de DISAKASADA, una fundación familiar que nació hace más de 15 años, mucho antes de tener nombre propio, cuando el amor por una comunidad decidió vestirse de acción.
El origen: niños sin nada que hacer y un colegio que lo cambió todo
Corría el año 2008, quizá un poco antes. El Colegio San Francisco de Asís, en la localidad de Los Mártires, era testigo silencioso de una realidad que se repetía cada tarde: decenas de niños salían de clases y se enfrentaban a horas interminables de vacío, pantallas y calles que no siempre ofrecían lo mejor.
«Veíamos a los chicos sin nada que hacer, y eso nos partía el corazón», recuerda Sandra, llena de amor por el arte, pero sobre todo, madre y mujer de acción. «Con mi esposo empezamos a llevarlos a programas deportivos, a talleres de danza, de teatro, de música. Poco a poco, los papás fueron teniendo confianza y nos soltaban a sus hijos. Éramos una familia extendida sin saberlo».


Lo que comenzó como un gesto espontáneo fue tomando forma. Otros padres se contagiaron. Las tardes se llenaron de risas, de pasos de baile aprendidos con esfuerzo, de pequeñas presentaciones que emocionaban a vecinos y comerciantes. Sin saberlo, Sandra y Diego estaban tejiendo el primer capítulo de una historia que cruzaría generaciones.
En 2019, ese impulso se formalizó con la creación del Semillero Artístico de Danza y Artes. Pero faltaba algo: un nombre, una identidad legal que les permitiera soñar más allá de la buena voluntad. Fue en 2024 cuando, ante la Cámara de Comercio, nació oficialmente la Fundación DISAKASADA.
Una familia, cinco roles, un solo corazón
DISAKASADA no es una fundación cualquiera. Es un hogar que se volvió proyecto social. Es una mesa de cinco sillas donde cada integrante aporta desde su talento y formación.
Carol, hija de Sandra y Diego, es licenciada en Educación Artística y cofundadora. Su mirada serena esconde una determinación férrea: «Mi papel es el de maestra, pero también el de creer que esto es posible, que podemos transformar vidas desde el arte».
Samuel, el hermano mayor, está a punto de graduarse en Arte Danzario en la Universidad Distrital. Es el director coreográfico, el que organiza el caos creativo y lo convierte en puestas en escena que han llegado a crear obras de teatro como “La Factoría” presentada en Chapinero. «Mi compromiso es que los chicos participen activamente, que sientan que la danza es suya», dice con la seguridad de quien ya ha visto florecer a decenas de alumnos.
Daniel, el menor, cursa el preparatorio en Música en la misma universidad. Su misión es enseñar las bases de diferentes estilos de música a los principiantes. «Estamos rompiendo el esquema de que no hay edad para aprender. Aquí vienen niños, jóvenes y adultos. Todos tienen algo que decir con el arte», afirma.
Y detrás, siempre, Diego Pinzón, el padre, el maestro empírico, el que supo ver antes que nadie que el arte era un camino de dignidad. Sandra lo describe con una mezcla de admiración y complicidad: «Él tiene una vena artística innata. Sin él, nada de esto habría empezado».
Más que clases: un refugio contra la soledad y la violencia
El objeto de DISAKASADA es tan ambicioso como necesario: generar espacios que integren a la comunidad sin importar la edad. «Desde niños hasta los 120 años», bromea Sandra, aunque en el fondo sabe que no es broma. En una localidad marcada por el abandono estatal, la violencia y la falta de oportunidades, ofrecer danza urbana, contemporánea, ballet, breakdance, música (piano, guitarra, canto), teatro y artes plásticas es ofrecer una tabla de salvación.
«Hemos visto la necesidad en los niños y jóvenes de alejarse de las pantallas, de recuperar el tiempo compartido», explica Carol. «En los colegios donde he trabajado, falta lo que antes había: deporte, arte, encuentro. Queremos que Los Mártires vuelva a ser un lugar donde se descubra el talento, donde los adultos también encuentren un espacio».
Porque en DISAKASADA nadie sobra. Las clases de zumba y aeróbicos para adultos mayores son tan importantes como los montajes coreográficos más exigentes. «Queremos romper el esquema de que el arte es solo para jóvenes o para quienes ya saben. Aquí todos empiezan desde cero, todos son bienvenidos», insiste Samuel.
Autogestión: el arte de sobrevivir sin apoyo
Si hay una palabra que define el día a día de esta familia, esa es «autogestión». Mientras la lluvia arrecia en el parque vecinal de Santa Helena, Sandra nos comenta que el espacio prestado en el restaurante La Bacana —donde ensayan los lunes con principiantes— amenaza con quedarse pequeño, y nos explica cómo financian su sueño:


«Con nuestros trabajos, los cinco, aportamos. Cubrimos materiales, refrigerios, salidas. Cuando hacemos presentaciones, reunimos nuestras finanzas y decimos: esto es para la comunidad. También los chicos del semillero aportan para transporte o alimentación. Es un esfuerzo colectivo».
Sandra trabaja en el Hospital Santa Clara, donde también lidera grupos artísticos. Diego, incansable, ha gestionado espacios en la Casa de la Juventud de Los Mártires, aunque los horarios limitados —hasta las 8:30 p.m.— les quedan cortos. «Nosotros nos extendemos hasta las nueve, pero al menos ahí nos abrieron las puertas», agradece.
Sin embargo, el sueño verdadero es tener un espacio propio en Los Mártires, en el barrio San Antonio, donde han crecido y donde saben que hacen falta. Por ahora, preparan sus montajes en un punto aliado en Fontibón, pero el corazón les queda en cada esquina de su localidad.
Un llamado al alcalde: «Necesitamos un lugar digno»
La entrevista, facilitada por la Alcaldía Local de Los Mártires y su alcalde John Jader Suárez Delgado, busca precisamente eso: visibilizar a las organizaciones culturales que trabajan en silencio. Y DISAKASADA es un ejemplo brillante.
Pero necesitan más. Necesitan un espacio con horarios flexibles, donde los jóvenes que trabajan o estudian puedan llegar sin afán. Donde los ensayos no dependan de la lluvia o de la buena voluntad de un restaurante.
«Señor alcalde —dice Samuel mirando a la cámara—, tener estos espacios para visibilizar lo que hacemos es una gran oportunidad. Pero necesitamos apoyo institucional para seguir enseñando a la gente a disfrutar la cultura y su tiempo libre. Gracias por abrir estas puertas, pero lo invitamos a que nos conozca, a que vea lo que pasa cuando una familia se entrega al arte».
Carol agrega: «Nos sentimos privilegiados de construir en nuestra localidad. Qué chévere que nos puedan apoyar para nutrir a la comunidad, desde niños hasta adultos. Esto es para todos».
El futuro: intercambios culturales, alianzas y un sueño sin fronteras
La visión de DISAKASADA va más allá de Los Mártires. A mediano plazo, quieren generar intercambios culturales con otras localidades. A largo plazo, sueñan con alianzas estratégicas que les permitan llevar su modelo a otros territorios, incluso con proyectos de formación en inglés o ciencias. «Hasta se pueden conseguir recursos del exterior», se ilusiona Carol.
Pero el presente está aquí, en el barrio San Antonio, en los rostros de los niños que llegan cada lunes a La Bacana, en los adultos mayores que vuelven a sentirse vivos con un ritmo de zumba, en los jóvenes que encuentran en la danza una voz que las palabras no pueden expresar.
Un mensaje final: el arte como resistencia
Mientras la lluvia se intensifica y la entrevista llega a su fin, la familia Pinzón Villamil deja un mensaje que resuena como un manifiesto:
«Invitamos a toda la comunidad de Los Mártires a que nos sigan en Instagram como @fundacion_DISAKASADA. Ahí estaremos informando horarios, nuevos espacios, haciendo encuestas para saber su disponibilidad. Esto es de todos, para todos. Porque no hay edad para aprender, para crear, para disfrutar el arte y construir comunidad».
Desde el medio alternativo y comunitario El Aguijón del Escorpión «agradecemos a la fundación por abrirnos esos corazones inmensos». Y es cierto. En un mundo que a menudo empuja al individualismo, esta familia de cinco artistas demuestra que el amor puede ser un acto colectivo, que la cultura es una forma de resistencia, y que Los Mártires late, hoy más que nunca, al ritmo de la esperanza.
Para contactar a la Fundación DISAKASADA o conocer sus próximas actividades, búscalos en Instagram como @fundacion_DISAKASADA. Los ensayos abiertos se realizan los lunes de 6 a 9 p.m. en el restaurante La Bacana (consultar ubicación por redes) y los miércoles y jueves con grupos avanzados para montajes escénicos. Todos son bienvenidos.















