Bogotá, Usaquén – La esquina de la Carrera 7 B Bis con calle 155 A, en el corazón del barrio Barrancas II Sector, ha sido testigo silencioso de una historia que se repite desde hace más de dos décadas. Allí, donde los niños deberían correr hacia el parque, se acumulan montones de basura que crecen como un recordatorio incómodo de lo que ocurre cuando la desinformación, la falta de cultura ciudadana y las malas prácticas se encuentran en un mismo punto.
Hugo Rojas Morales, líder social del sector, lo resume con una mezcla de frustración y esperanza: «La problemática es de hace más de 22 años. Las personas no han aprendido a reciclar». Y aunque suena a diagnóstico duro, es apenas el reflejo de una realidad que muchas zonas de Bogotá conocen bien: los residuos se siguen sacando a destiempo, se mezclan, se rompen y terminan ensuciando lo que debería ser un espacio de encuentro comunitario.
Sin embargo, en medio de esa acumulación de décadas, algo está empezando a cambiar. No con estrépito, sino con el trabajo silencioso de la comunidad organizada, las normas que muchos desconocen y un proyecto ganador de los presupuestos participativos que ha decidido ir casa por casa, empresa por empresa, para enseñar lo que la ley ya dice pero la ciudadanía aún no termina de aplicar.
La esquina donde la basura habla de un problema más profundo




Caminar por Barrancas II Sector es recorrer un barrio con historia, con vecinos que se conocen, con talleres de autos que llevan décadas funcionando y con un parque que debiera ser el orgullo de la zona. Pero en esa esquina, los moradores lo saben, el paisaje se mancha.
«La zona uno de Usaquén se ha comprometido por medio del trabajo social comunitario por intermedio de la Junta de Acción Comunal para hacer saber a los vecinos que las basuras deben sacarse a la hora en que pasa el carro recolector», explica Rojas. Esa labor, que parece elemental, es en realidad uno de los puntos más críticos: miles de bogotanos aún desconocen los horarios de recolección o los ignoran por comodidad.
Pero el problema no termina ahí. Eduardo Acero, trabajador de un taller de autos del sector, conoce bien otra arista del asunto. Él y sus compañeros ya venían separando los residuos orgánicos de los demás desechos. Creían que hacían las cosas bien. Hasta que llegaron los recicladores de oficio.
«Ellos llegan, rompen las bolsas, sacan lo que les interesa y dejan el reguero ahí», cuenta don Eduardo con un suspiro que evidencia años de ver cómo su esfuerzo individual se desmorona en cuestión de minutos. No es un reclamo contra quienes reciclan para sobrevivir, sino una constatación de lo frágil que es el sistema cuando no hay articulación, cuando la separación en la fuente no va acompañada de una recolección diferenciada que evite que las bolsas terminen rotas en la vía pública.
La norma que muchos desconocen: ni todo está prohibido, ni todo está permitido
En medio de este panorama, lo que muchas familias de Usaquén ignoran es que el manejo de residuos en Bogotá no es solo un asunto de buenas intenciones o cultura ciudadana: está regulado por normas que establecen tanto sanciones como beneficios. Y conocerlas puede marcar la diferencia entre una esquina limpia y un basurero a cielo abierto.
La normativa distrital, en particular el Decreto Distrital 400 de 2019 y la Política Pública de Gestión Integral de Residuos Sólidos, establece con claridad las obligaciones de los generadores de residuos. Una de las más relevantes, y quizás la más vulnerada en Barrancas, es la prohibición de sacar las basuras en horarios no autorizados.
¿Qué significa esto? Que no basta con poner la bolsa en la esquina. Es obligatorio conocer el día y la hora de paso del carro recolector y disponer los residuos en ese momento. Sacarlos antes, dejarlos la noche anterior o acumularlos en el espacio público constituye una infracción que, de acuerdo con el Código Nacional de Seguridad y Convivencia Ciudadana (Ley 1801 de 2016), puede acarrear multas económicas significativas.
El artículo 140 de esa ley, por ejemplo, tipifica como comportamiento contrario a la convivencia el «depositar residuos sólidos, escombros o basuras en lugares no autorizados». Las sanciones pueden llegar hasta los 32 salarios mínimos diarios legales vigentes (SDMLV) para infracciones graves, dependiendo de la reincidencia y el impacto ambiental.




Pero la norma no solo castiga: también premia. Y ese es quizás el gran desconocido en Barrancas y en gran parte de la ciudad.
El otro lado de la norma: beneficios para quienes reciclan bien
El Decreto 596 de 2016, reglamentario del aprovechamiento de residuos sólidos en Bogotá, establece un esquema que pocos ciudadanos conocen: quienes separan correctamente sus residuos y los entregan a gestores o recicladores de oficio debidamente certificados, pueden acceder a un descuento en el servicio público de aseo.
El mecanismo es sencillo en teoría, aunque aún poco difundido en la práctica. Las empresas certificadas —que pueden ser organizaciones de recicladores de oficio, cooperativas o empresas de servicios públicos autorizadas— entregan al usuario una certificación que acredita la entrega voluntaria de materiales reciclables. Con ese documento, la Unidad Administrativa Especial de Servicios Públicos (UAESP) aplica una reducción en la tarifa del servicio de aseo.
Este beneficio, que busca incentivar la separación en la fuente y dignificar la labor de los recicladores, es un ejemplo de cómo la política pública intenta construir un círculo virtuoso: menos basura en las calles, más material aprovechable, un reconocimiento económico para las familias que reciclan y un ingreso digno para los recicladores organizados.
Sin embargo, como ocurre en Barrancas, si la comunidad desconoce estos beneficios y sigue sacando las bolsas a cualquier hora, si los recicladores no están organizados y rompen las bolsas en la vía, el círculo se rompe y la esquina vuelve a llenarse de residuos.
El proyecto que llegó a tocar puertas: presupuestos participativos en acción
Frente a este panorama, la comunidad organizada decidió no esperar. Hoy, gracias a un proyecto favorecido en los presupuestos participativos, un equipo de gestores sociales recorre las calles de Barrancas II Sector visitando casas, empresas, talleres, oficinas y apartamentos. No es una campaña masiva de carteles. Es un trabajo de hormiga, de puerta en puerta, adaptándose al entorno de cada vecino.
«Informamos sobre la separación en la fuente, la adecuada presentación de residuos, las frecuencias de recolección y los beneficios sociales, económicos y ambientales», explica uno de los líderes de esta iniciativa. Y lo hacen entendiendo que cada hogar es un mundo: no es lo mismo un taller de autos con aceites y residuos industriales que una familia en un apartamento pequeño; no es igual una oficina que produce toneladas de papel que una tienda de barrio con residuos orgánicos.
Esta estrategia de proximidad reconoce algo fundamental: la información no puede ser genérica cuando se habla de residuos. Cada generador tiene necesidades distintas, y la norma, aunque es general, debe aplicarse con pedagogía.
El testimonio de don Eduardo: entre la buena voluntad y la frustración





El caso de Eduardo Acero es emblemático. Él y sus compañeros ya venían separando residuos orgánicos de otros desechos. Habían entendido que la separación en la fuente es el primer paso. Pero su experiencia muestra que la voluntad individual no basta si el sistema falla.
«Los recicladores de oficio llegan, rompen las bolsas, sacan lo que les interesa y dejan el reguero ahí», afirma con la resignación de quien ha visto cómo su esfuerzo termina ensuciando la misma acera que intenta mantener limpia.
Su testimonio pone en evidencia un eslabón débil de la cadena: la informalidad en la recolección de aprovechables. Por eso, la norma no solo habla de sanciones. También promueve el fortalecimiento de organizaciones de recicladores certificados que puedan realizar la recolección selectiva sin generar daño al espacio público.
La UAESP, en el marco de la Política Pública de Economía Circular, ha avanzado en la formalización de recicladores de oficio, promoviendo que los usuarios entreguen sus materiales directamente a estas organizaciones o utilicen puntos de entrega voluntaria. Pero en sectores como Barrancas, ese proceso aún está en construcción.
Una comunidad que no se rinde: la apuesta por la pedagogía
A pesar de los 22 años de rezago, Hugo Rojas y los líderes de Barrancas no han tirado la toalla. Saben que transformar hábitos arraigados toma tiempo, pero también están convencidos de que la pedagogía, el trabajo puerta a puerta y el conocimiento de las normas son el camino.
«La información es mínima para los vecinos», reconoce Rojas. Por eso, este proyecto de presupuestos participativos ha sido una oportunidad para cerrar esa brecha. Cada visita, cada volante, cada conversación en la tienda de la esquina busca que los vecinos entiendan que la basura no es un problema del vecino o de la administración: es un asunto colectivo.
Y en esa labor, la Junta de Acción Comunal ha sido fundamental. Con el apoyo de la Alcaldía Local de Usaquén, han logrado articular un trabajo comunitario que recuerda algo esencial: la norma existe, las multas están contempladas, pero el cambio real ocurre cuando la comunidad se apropia de su territorio.
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