Bogotá, Rafael Uribe Uribe – En medio del ruido de la ciudad y las calles de concreto, hay un lugar donde la tierra vuelve a tener voz. Donde niños de cuarto y quinto grado aprenden que una lechuga no nace en una bolsa de plástico, sino entre sus manos embarradas de ternura. Ese lugar es el Colegio Alfredo Uriarte, sede B El Mirador de la Localidad Rafael Uribe Uribe, y su huerta se llama «Pequeños Guardianes de la Tierra».

No es una metáfora. Es un proyecto vivo, financiado por el CPS 730 de 2024, cuyo corazón late gracias al empeño de Magnolia Cepeda, profesional del componente de agricultura urbana de la localidad. Su misión no es solo sembrar hortalizas: es sembrar memoria, identidad y futuro en una generación que creció creyendo que los tomates nacen en neveras de supermercado.
«Buscamos fortalecer esta huerta escolar, promoviendo no solamente la agricultura urbana en la localidad, sino también la apropiación de los niños de nuestras futuras generaciones con respecto al cuidado de la naturaleza y cómo los alimentos llegan a nuestro plato», explica Magnolia con la voz de quien sabe que está cambiando el mundo un semillero a la vez.
Un sistema de riego que late con inteligencia y corazón





Caminar por la huerta es descubrir pequeños milagros tecnológicos hechos a medida de la esperanza. Lo más innovador no es solo lo que crece en la tierra, sino lo que cae del cielo. Aprovechando el tejado del colegio, los líderes del proyecto instalaron un sistema de captación de agua lluvia que convierte cada gota en vida.
«Conectamos en el canal este tanque —de mil litros— para que desde allí podamos suministrar el riego por goteo de las camas», detalla Magnolia mientras señala un tanque que parece un guardián silencioso. Una bomba lleva el agua a cada cama de cultivo donde ya asoman lechugas, espinacas y repollos.
Pero lo más revolucionario es que el riego es automatizado.
«Podemos programar el sistema para que, incluso cuando no haya nadie en el colegio, en ciertos días y horas se active el riego por goteo. Eso le da sostenibilidad al cultivo y también permite que los chicos comprendan cómo funcionan estos sistemas», añade.
Es decir: la tecnología al servicio de la tierra. Y la tierra al servicio de la enseñanza.
Pablo Santiesteban: el campesino que nunca se fue

Pablo Santiesteban es líder comunal, agricultor urbano y memoria viva de una Bogotá que aún guarda raíces campesinas. Él impulsó la Reserva Agroforestal Barrio Carolina, una iniciativa que busca fortalecer huertas dentro de los protocolos ambientales de la ciudad. Y este colegio, dice con orgullo, es uno de esos lugares.
«Llevamos casi un año en este proceso. Hemos tenido varios contratos con los protocolos y demás. Pero valió la pena», cuenta Pablo con una sonrisa que revela sus años sembrando en tierras lejanas.
Y es que Pablo sabe algo que muchos urbanistas olvidan: la mayoría de los habitantes de Bogotá venimos del campo. De pueblos. De fincas. De esa tierra que se mete bajo las uñas y no se va más.
«Eso lo aprendimos desde niños en nuestras fincas, en nuestro campo. Y pues qué bueno propagarlo aquí en la ciudad. Tanto para tener soberanía alimentaria como para incursionar y mejorar el medio ambiente», reflexiona.
Cuando se le pregunta por qué es importante enseñar agricultura urbana a los niños de esta metrópoli, su respuesta es un puñado de verdad:
«El cuidado de la naturaleza, el enseñarles de dónde viene lo que todos los días nos sirven a la mesa, me parece parte fundamental. Saber cómo se siembra, cómo se cultiva, cómo se mantiene y cómo se vive en ese ambiente de proveer uno sus alimentos de buena calidad… es fundamental. Y qué bueno hacerlo con los niños en entidades como este colegio, que sí lo necesita.»
Pablo reconoce que han tenido contratiempos, pero algo lo mantiene firme: las ganas de los niños.
«Se ve que tienen mucho deseo de incursionar en eso, de aprender. Y qué bueno que los profesores también estén interesados. Porque muchas veces uno en la ciudad se olvida de esa parte tan importante que es la agricultura», concluye.
Isabel Londoño: sembrar hoy para cosechar siempre

Isabel Londoño es facilitadora del proyecto CPS 730 con la Alcaldía Local. Cuando visitamos la huerta, ella estaba arrodillada junto a un grupo de niños, hundiendo semillas en la tierra con la paciencia de quien sabe que la vida no se apresura.
«Hoy estamos haciendo una siembra con los niños del colegio para que ellos tengan dónde aprender lo relacionado con la agricultura urbana», dice Isabel con una mezcla de ternura y convicción.
No se trata solo de sembrar lechugas. Se trata de sembrar responsabilidad, paciencia y asombro. Y eso, en una ciudad donde todo es inmediato, es casi un acto de rebeldía.
Patricia Vega: la profesora que se niega a dejar morir la huerta

Patricia Vega es profesora de la institución Alfredo Iriarte, en el barrio Mirador Sur. Hoy es la encargada —junto a otra compañera que no pudo estar— de la huerta escolar. Y su historia es, quizás, la más conmovedora de todas.
Porque antes, este colegio ya tenía una huerta. Pero la profesora que la cuidaba se pensionó, y con ella se fue también el verdor. La huerta se cayó. Se secó. Casi muere.
«El propósito desde el año pasado es recuperarla —explica Patricia con la voz firme— porque es un muy buen espacio pedagógico para los niños. Ellos aprenden muchísimo acá dentro.»
Con los niños de cuarto y quinto iniciaron el proyecto. Les enseñaron a sembrar, a cuidar, a regar, a diferenciar las plantas. Y lo que se espera, dice Patricia, es algo hermoso en su sencillez:
«Poder volver a tener la huerta, que ellos aprendan a cuidarla, y cuando salgan los productos, hacer un autoconsumo de ellas».
Esa palabra —autoconsumo— es la clave. No se trata de vender. Se trata de compartir. De que un niño lleve a su casa una lechuga que él mismo vio nacer. Y que su familia entienda que la soberanía alimentaria empieza en un semillero del tamaño de un puño.
Sobre el sistema de riego automatizado, Patricia sonríe como quien acaba de recibir una ayuda del cielo:
«El tanque es el que suministra el riego. Es automatizado. Nos va a ayudar cuando estemos en los días de descanso. Se va a programar para que riegue las maticas. Es una ayuda bastante grande. Antes no había tanque, nos tocaba todo manualmente».


Aunque aún quedan algunas camas sin riego automatizado, Patricia no se queja. «Nos encargamos nosotros mismos de regarlas», dice. Porque así es la profesora Vega: de las que mojan la tierra con sus propias manos.
Un llamado a la comunidad: la agricultura urbana no es solo comida, es vida
Al final del recorrido, Magnolia Cepeda deja una invitación que resuena más allá de las paredes del colegio:
«Este ejercicio lo que busca es fortalecer la agricultura urbana. Invitamos también a todas las comunidades a que se sumen a estos procesos, y que veamos en la agricultura urbana no solamente un espacio en donde podemos obtener los alimentos, sino también donde podemos generar esparcimiento o una actividad de ocio que fortalece la naturaleza.»
Porque sí: una huerta puede ser un aula. También un refugio. También un acto de resistencia frente al asfalto. También una terapia. También un reencuentro con el origen.
Estos Pequeños Guardianes de la Tierra no están solo sembrando hortalizas. Están sembrando memoria campesina en plena ciudad. Están regando con agua lluvia un futuro más digno. Y nos demuestran, con cada semilla que cae en la tierra, que la agricultura urbana es, ante todo, un acto de amor.
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