En el corazón de la vorágine del festival, entre el murmullo de salas llenas y el brillo de las proyecciones, Jaime Manrique, director y fundador de Bogoshorts, confiesa una sensación contradictoria. “Es fantástico que esté sucediendo lo que uno viene preparando todo el año”, dice, con una mirada que atraviesa el bullicio. “Y es un desastre que se esté acabando”. Para él, desde el instante en que se levanta el telón, el festival comienza a desvanecerse. Los días corren hacia atrás, y él entra en un modo de evaluación obsesiva, pensando ya en cómo mejorarlo para la próxima edición. “Es un poco de incapacidad de disfrute”, admite. “Pero es lo que le he dado”.
Esta es la paradoja que habita en el creador de uno de los festivales de cortometrajes más importantes de Latinoamérica: una máquina imparable de gestión cultural alimentada por una insatisfacción perpetua. Bogoshorts no nació en un palacio, sino en las pantallas de In Vitro, un bar ya desaparecido que hoy es una peluquería. “He pensado en dar premios de peluquería para los directores”, bromea con nostalgia. “Para que sean cortes y cortos”. Esa humilde génesis –unos amigos viendo “corticos”– contrasta con la realidad actual: un festival calificador para el Oscar y el Goya, con 45.000 espectadores. Y, sin embargo, Manrique siente que apenas está al 20% de su potencial.
“Mi angustia”, explica, “se ubica en ver un país cinematográfico con una evolución gigantesca, pero al que le falta demasiado”. Su punto de referencia es Clermont-Ferrand, el festival de cortos más importante del mundo, donde un pueblo de 300.000 habitantes llena salas como el Jorge Eliécer Gaitán cuatro veces al día. “Nosotros lo llenamos una vez al año”, reflexiona. “Ahí uno entiende la deuda”. No habla de “formación de públicos”, término que le desagrada, sino de “sensibilización”. De crear una oferta tan atractiva que martille persistentemente en la conciencia colectiva, como un herrero dando forma al metal. “A nadie le importan los cortos… hasta que los conoce”, sentencia.
Por eso Bogoshorts no es solo un festival de once días; es un “universo” que late todo el año. Con su Academy, su agencia de distribución, y ciclos como Bogoshorts Bajo la Luna o en la Cinemateca, busca construir una cultura del cortometraje. “Trata de estar vivo todo el año”, subraya. Esa persistencia es su apuesta contra la indiferencia.
Mientras el festival vive sus últimos días –con su Noche Frankenstein, su exploración del humor en el Teatro Ensueño o su experiencia gastronómica De Gusto donde el público “come” los cortos–, Manrique ya piensa en las semillas del futuro. Para quienes quieran entrar a este universo, el camino está abierto: la convocatoria anual (del 9 de abril al 6 de agosto, fechas emblemáticas de Bogotá) y las ramificaciones de su mercado para proyectos en desarrollo, incluyendo una nueva línea para cine de género.
Al despedirse, antes de tomar un taxi hacia la siguiente función, su mensaje final es un mantra simple y poderoso: “A seguir viendo cortos todo el tiempo y buen cine”. Detrás de esa invitación yace la obsesión de un fundador que, incluso en la cumbre del éxito, solo ve la vastedad de la montaña que queda por escalar. Su angustia no es un lamento, sino el combustible de un sueño que aún considera incompleto.

§§§
















